“He vuelto a perder los nervios, ¿soy una mala madre?”  Dos ideas que ayudan

“He vuelto a perder los nervios, ¿soy una mala madre?” Dos ideas que ayudan

crianzaMay 02 20180 Comment

Ya hace dos años que reflexionamos sobre porqué las madres siempre nos sentimos culpables. Pero, hoy como ayer, este octavo pasajero que es la culpa sigue invadiendo nuestro universo irremediablemente, así que vamos a dedicarle otro rato confiando en que aligerar su peso sea un dulce y merecido regalo para el Día de la Madre.

Salir de casa por la mañana: una prueba de fuego

Haremos un ejercicio de objetividad, observando la misma escena cotidiana desde dos ángulos diferentes.

 

ESCENA 1

Nos levantamos temprano, ya cansadas a las 7 de la mañana por haber pasado la noche haciendo “horas extra” con los hij@s más pequeños. Preparamos el desayuno mientras  les ayudamos a vestirse, hacemos su almuerzo, revisamos la mochila, comprobamos la cita de la tarde con su dentista, anulamos la extra-escolar y miramos agobiadas el reloj porque, un día más, vamos tarde. Es el momento estelar en el que a uno de nuestros dulces tesoros se le cae la taza, que se rompe en mil pedazos, y perdemos los nervios. Empezamos a gritar, ponemos la cara de las brujas malas de los cuentos y aprovechamos para actualizar gritos atrasados, dando rienda suelta al monstruo que habíamos jurado no volver a soltar. ¿Y después del estallido? La culpa. Nos sentimos ogras malvadas, nos duele el alma por herir a quienes más queremos, nos repetimos que es tarde para las disculpas, nos asusta pensar que les estamos causando un daño irreparable, y nos quedamos todo el día con el corazón encogido.

Les dejamos en el cole, no sin antes darles medio millón de besos para intentar borrar la huella de nuestra horrible conducta, y conscientes de que nos odiarán hasta el final de los tiempos y se buscarán a otra madre mejor (algo que seguramente será fácil, viendo a las sonrientes y cariñosas madres de sus compañer@s).

 

ESCENA 2

Nos despertamos a las 7 de la mañana, unos minutos antes de que suene la alarma. ¡Qué maravilla! ¡Hemos dormido del tirón! Decidimos jugar con ell@s mientras se visten, y dejar las camas sin hacer. Preparamos desayuno y almuerzo escuchando música, y les pedimos que revisen su mochila. Vaya, se ha caído la taza, qué fatalidad. Bueno, son cosas que pasan, barreemos y listo. Se está haciendo tarde… ¿una carrera hasta el ascensor?

 

¿Qué nos pasa?  Dos ideas que ayudan.

Que nos sintamos malas madres llenas de culpa o buenas madres llenas de amor puede ser tan aleatorio como haber descansado mejor o peor. También se ponen en juego las heridas no resueltas de nuestra propia infancia y los patrones de comportamiento que se activan de forma automática, sin darnos tiempo a pensar. Entramos en crisis cuando se repiten escenas como la primera durante varias semanas, siendo esto más frecuente de lo que nos gustaría. El asunto es que la crianza nos deja inevitablemente exhaustas y nos conecta de manera profunda con la niña que fuimos, por lo que parecemos condenadas a convivir con la culpa de forma crónica. ¿Qué hacemos con esto?

  1. No sé si todo es reparable, pero las disculpas son balsámicas. Que podamos reconocer delante de ell@s que hemos perdido los nervios calmará su propia reacción de rabia y culpa ante nuestro estallido. Del mismo modo, legitimando nuestros sentimientos también les damos permiso para los suyos.
  2. Solemos llevar el foco de nuestros juicios internos a lo malas madres que somos. Quizá sería más amable y eficaz a la vez tomar conciencia de la sobrecarga de tareas que tenemos en un momento de la vida en que el descanso brilla por su ausencia. Rebajar la exigencia hacia nosotras mismas reduce también la exigencia hacia nuestros hij@s.

 

 

La niña que fuimos, y que está tan presente cuando criamos, tiene casi todas las claves para que podamos comprender lo que nos pasa a nosotras y a nuestros hij@s. A veces no es fácil y necesitamos pasar por un proceso terapéutico para acceder a esa valiosa información y para que las heridas se conviertan en herramientas. En cualquiera de los casos, la maternidad siempre nos regala oportunidades para sanarnos y crecer en amor.

 

Berta Pérez Gutiérrez.

www.musicaysalud.org

 

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