Informe Doulas: ¿las brujas han vuelto?

Informe Doulas: ¿las brujas han vuelto?

 La polémica ha saltado porque el Consejo General de Enfermería ha publicado el Informe Doulas. En él describe la legislación vigente, la formación y competencias de las matronas y analiza la figura de la doula (que es la mujer que proporciona un acompañamiento emocional a la madre durante el embarazo, parto y puerperio). En este informe, se las acusa de intrusismo, de ser “personajes siniestros”  y de practicar “rituales que incitan al canibalismo”.

                No se si merece la pena comentar lo estrambótico de llamar “canibalismo” a la ingestión de la placenta,  ya que hay investigaciones que demuestran la gran cantidad de nutrientes que posee y cómo facilitan la recuperación de la mujer después del parto y el establecimiento de la lactancia. Lo que verdaderamente me pone los pelos de punta es constatar el  profundo desconocimiento que algunos profesionales de la salud tienen sobre la fisiología del parto y sus aspectos psicológicos.

                El informe no contempla -quizá porque tampoco lo hacen los manuales de obstetricia- que es una necesidad básica de la parturienta sentirse emocionalmente acompañada y apoyada. Esto es fácil de entender desde el punto de vista neurohormonal porque la ternura y la comprensión nos hacen segregar oxitocina, que  es una hormona absolutamente clave en el parto porque provoca las contracciones del útero, facilita el alumbramiento de la placenta, disminuye el riesgo de hemorragias  y estimula la subida de la leche, entre otras cosas. También es fácil de entender desde el punto de vista humano porque ni madre ni bebé son máquinas, porque no pueden dejar su parte emocional aparcada en la puerta del hospital. ¿Cómo se explica entonces que un Comité de Expertos defina el parto como un avión que debe ser conducido por un piloto profesional? ¿Dónde queda la dimensión humana y femenina de la experiencia?

                Aun así, reconocen la importancia de la presencia del padre en el paritorio para atender esta parte afectiva y también porque ellos así lo demandan. Es evidente que en la configuración moderna de las relaciones y la familia, la participación de la pareja  suele ser una fuente de tranquilidad y seguridad para la mujer (y estas también son necesidades básicas que deben ser cubiertas durante el parto).  Pero me pregunto cuántos hombres se sienten en la obligación de estar presentes en el nacimiento de su bebé a pesar de su miedo a la sangre o la ansiedad que les puede generar ver a su compañera en ese trance. ¿En esos casos están en condiciones de dar apoyo emocional? Esto abre otro interesante tema de debate.

De cualquier modo, el asunto de fondo no es QUIÉN sino POR QUÉ hace falta un acompañante -ya sea la pareja o la doula- que transmita un poco de calor y humanidad a un momento importantísimo como es el nacimiento y que sucede entre instrumental médico, fuertes luces blancas, muchas caras desconocidas y vocabulario técnico.

                Antes no eran requeridas ni doulas ni padres, porque las comadronas (la profesión más antigua del mundo) no aprendían de los libros sino asistiendo partos con matronas más experimentadas. En esa realidad de la experiencia veían que sólo algunos partos se complican (aproximadamente un 15% según cifras de la OMS) y esto les daba una percepción del alumbramiento como evento que forma parte de la salud de la mujer y del ser humano que nace. Además, antes todo el mundo tenía trato cotidiano con la matrona porque vivía en el barrio/pueblo;  porque había atendido a la prima, a la hermana, a la vecina, y a veces incluso había acompañado el nacimiento de la que ahora iba a parir. Era una mujer cercana, conocida, con la que había una relación personal.

Sin embargo, en la actualidad nos encontramos por primera vez con la matrona en el momento del parto y el trato es aséptico, “profesional”. En los manuales de obstetricia se centran en lo patológico, en las complicaciones que podrían surgir y se percibe el parto como un evento peligroso. En ese contexto de miedo, de desconfianza hacia la naturaleza y hacia el propio cuerpo, nace el parto hospitalario, instrumentalizado y mecanicista. Y, por ende, aparece la necesidad de cubrir esta carencia de atención desde el punto de vista emocional.

Yo nunca he visto a una doula trabajar sola o pretender asumir las funciones de la comadrona. Creo que la aparición de la figura de la doula ha puesto de manifiesto en nuestra sociedad esta olvidada dimensión psíquica del parto de la que hasta ahora apenas se ha hablado. Nos trae de nuevo una sabiduría que no tiene que ver con el conocimiento intelectual que se aprende en las universidades, sino que forma parte de la experiencia femenina, de la intuición, de ser madres y abuelas, de conocer remedios que no se venden en farmacias y de confiar en el apoyo mutuo y amoroso como base de salud y prevención.  Hace siglos a esto se le llamó brujería. Ahora coge el nombre de canibalismo o intrusismo y estas mujeres “arden” en la calumnia y el descrédito. De momento, yo me voy volando con mi escoba que hay mucho trabajo por hacer.

Berta Pérez Gutiérrez.

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