¿Por qué las madres siempre nos sentimos culpables? Tres ideas que ayudan

¿Por qué las madres siempre nos sentimos culpables? Tres ideas que ayudan

Tres ideas que ayudan

Quizá algunos padres también se sientan identificados con esta reflexión, pero creo que hay motivos neurohomonales para explicar la gran tendencia al sentimiento de culpabilidad que tenemos las madres y por eso me referiré a ellas más que a ellos.

 

Razones psicobiológicas para que sintamos culpa

 

Esto es más fácil de entender si llevamos nuestra mirada a la naturaleza. ¿Qué ocurre con las hembras de mamífero? Cualquier veterinario sabe lo contraproducente que es acercarse durante el parto. Y es por todos conocida la reacción de la madre si alguien intenta arrebatarle sus cachorros o a veces tan sólo aproximarse.

 

Como hembras de mamífero que somos, las mujeres sanas tenemos una programación neurohormonal que nos prepara para parir sin necesidad de intervenciones externas y para vincularnos con el bebé inmediatamente después del nacimiento. Estos son mecanismos que garantizan la supervivencia de la especie y un buen cuidado de las crías.

 

En las sociedades modernas el parto ha dejado de ser un evento fisiológico para convertirse en un evento tecnológico. Máquinas, instrumental y profesionales llevan las riendas del nacimiento en lugar de la madre y el bebé. ¿Qué ocurre en lo más profundo de la autoestima de una mujer cuando siente que le “han sacado a su hij@”, que no ha sido capaz de parir por si misma sino que han sido otros con más destreza y conocimientos quienes lo han hecho posible? Este es un gran caldo de cultivo para la culpa, para el sentimiento de no saber cuidar  bien al recién nacido, de ser torpe e inexperta.

 

El bebé humano requiere de un cuidado constante en sus primeros meses de vida. Igual que osas, vacas y leonas, estamos diseñadas para reaccionar con agresividad si alguien nos separa de nuestro retoño. ¿Qué ocurre entonces? Si vivimos en una cultura en la que tanto los profesionales sanitarios como los amigos y familiares tienen al recién nacido en brazos a veces durante más tiempo incluso que la madre… ¿cómo se canaliza esa producción hormonal orientada al vínculo íntimo entre madre y bebé? ¿Cómo se expresa esa agresividad instintiva para proteger a las crías cuando son separadas de nosotras?

 

Psicológicamente, lo que no puede salir hacia fuera se vuelca hacia dentro. Es decir, toda esa agresividad de la que ni siquiera somos conscientes y que reprimimos porque no nos sentimos mamíferas sino mujeres modernas, civilizadas y bien educadas, se vuelve contra nosotras. Y se traduce en culpa, que es una de las formas más comunes que adquiere la autoagresión.

 

 

 

Evidencias científicas: referencias ideales que no siempre ayudan

Cada vez hay más investigaciones científicas que nos muestran las necesidades de los bebés y nos marcan tendencias saludables para la crianza. En los laboratorios se suele hablar de lo que sería ideal, pero después somos madres de carne y hueso quienes  tenemos que llevar a cabo esas indicaciones que a veces están tan lejos de nuestra realidad.

 

Resulta que la lactancia materna es buena pero a mí me dolía tanto el pecho que no lo pude soportar, ¿debería haber aguantado más? La alimentación ha de ser a demanda pero yo me volvía loca porque mi bebé me pedía el pecho constantemente y no me dejaba ni respirar, ¿soy una mala madre? Dicen  que no es bueno dejarles llorar pero yo ya estaba tan extenuada que no sabía que intentar, ¿le he creado un trauma? Culpa, culpa y culpa por los cuatro costados.

 

 

 

        Tres ideas que ayudan        

  1.  Una mirada más amable hacia nosotras mismas sería de gran ayuda. Salimos del parto con cicatrices físicas y emocionales; afrontamos la crianza con poca autoconfianza; somos madres, profesionales, esposas, amigas, hermanas, hijas y amas de casa en jornadas de tan sólo 24 horas; la llegada de la noche ni siquiera nos garantiza el descanso… La maternidad en el siglo XXI nos hace acumular exigencias tan altas que es fácil no cumplirlas. Valorar todo lo que sí hacemos bien es importante para fortalecer nuestra identidad como madres y como mujeres.
  2. Las evidencias científicas no deberían servir para exigirnos lo que no podemos alcanzar, sino que tendrían que ser orientaciones: como una brújula que marca el norte y nos da una referencia de hacia dónde caminar. Es muy valiosa la información que nos aportan los expertos porque nos ayuda a comprender las necesidades de nuestros hijos en cada etapa evolutiva. Conocer lo que dice la ciencia también nos permite hacer un relato más veraz de la biografía de nuestros pequeños. No es lo mismo decir que mi bebé es un caprichoso y un manipulador que explicarle que yo estoy agotada y no puedo atenderle en este momento. Para la construcción de su personalidad y su interiorización del mundo, es extraordinariamente sano convivir con adultos que pueden expresar sus emociones, legitimar sus limitaciones y errores y asumir las consecuencias. Winnicott nos dio el concepto de “madre suficientemente buena” que recoge muy bien esta necesidad de ser de carne y hueso en lugar de superwoman.
  3. La culpa no deja de ser una venda que nos tapa los ojos: nos impide tomar contacto con la realidad y, sobre todo, no nos deja ver al otro. Afrontar la culpa nos puede ayudar a asumir errores reales y ponernos manos a la obra para repararlos. Será más fácil entender por qué nuestros hijos gestionan mal la frustración o tienen dificultades para relacionarse si podemos aceptar que no lo hicimos bien. En esa visión más nítida de ellos y de nosotras, de sus limitaciones y de las nuestras, puede surgir un encuentro humano más tierno, sin tantos ideales ni exigencias, dejando hueco al profundo amor que sentimos todas y cada una de las madres y que es el gran motor para construir un mundo más amable.

¡¡Próximo taller de Musicoterapia y Embarazo!!

Berta Pérez Gutiérrez.

www.musicoterapiaymaternidad.es