Ser padre, en primera persona

Ser padre, en primera persona

Es poco frecuente escuchar a los hombres lo que experimentan al convertirse en padres. Raúl participó en un taller de Musicoterapia en el Embarazo para Parejas y le pedí que pusiera palabras a sus vivencias sobre la paternidad… Aquí está su relato. ¡Gracias, Raúl!

Aún faltan dos meses para el alumbramiento de nuestra hija y  la Paternidad, en mayúsculas,  lleva ya meses tomando formas anteriormente insospechadas dentro de mí. Digo en mayúsculas porque a lo largo de la vida uno se hace una idea acerca de cómo será ser padre. Pero ahora que en el vientre de mi compañera lleva meses gestándose la vida de una niña todo adquiere distinto cariz.

Desde el comienzo del embarazo sin propósito aparente, he venido haciendo balance de estos casi 43 años que me contemplan; de mis vivencias, mis aprendizajes, fracasos y éxitos, amistades, relaciones, responsabilidades…. Digamos que para mí está siendo una vuelta y revuelta a mi existencia y de cómo ésta puede inferir en lo que está por venir. Todo es muy mental, de pensamiento; “¿Sabré lo suficiente?, ¿Estoy en paz con migo mismo?…” Digo mental porque para mí es difícil sentir a un ser al que no puedo ver, ni tocar, ni escuchar, aunque sólo esté a unos escasos centímetros, separado por una fina frontera de piel y útero.

Este asunto me hace reflexionar acerca de cómo estoy, como todos nosotros, impregnado por la pintura patriarcal que invisiblemente nos tiñe. Yo soy un hombre seguro, que siento haber hecho lo que he querido gran parte de mi vida, de clase media, sin agobios económicos ni grandes tragedias familiares, digamos que bien insertado en la sociedad. Ahora la ventana de la paternidad está abriendo otro horizonte y deja pasar vientos lejanos y ancestrales, que han construido nuestras vidas  desde el origen de los tiempos. Mi manera de mirar a La Mujer, siendo testigo del proceso que está experimentando mi compañera, ha cambiado significativamente. Ella, La Mujer, tiene la capacidad de gestar, proteger y alimentar una vida, su cuerpo cambia, se prepara para ello y esta transformación la dejará huella para el resto de sus días. Observando esto no puedo por menos que mirarme a mí mismo y pensar: “¿Yo qué puedo hacer en todo este proceso?”, “¡Poca cosa!”, me respondo. Como hombre autosuficiente y resuelto, no puedo hacer nada para que esa vida llegue a este mundo. Básicamente mi tarea es confiar, hacerme cargo de que no está en mi mano, de que no puedo y no me toca hacer a mí. En una sociedad dónde el Hacer nos da una identidad, resulta que no puedo intervenir apenas en nada de primer orden y protagonista para llegar a buen puerto.  Esto no lo digo porque me genere ansiedad o impotencia, si no porque el miedo, esa emoción con la que me cuesta conectar, aparece de forma brutal y la única herramienta para combatirla es la confianza en una madre, no está en mi mano proteger, no puedo hacer nada si algo va mal, solo confiar en una madre. Por ello, para mí, una persona muy activa con gran inquietud en múltiples asuntos, resuelto y capacitado  tomo conciencia de que ahora lo más importante es confiar en mi mujer  acompañarla y cuidarla. Esto me abre una perspectiva hasta ahora desconocida, el miedo a la pérdida, a la enfermedad, a la incertidumbre me zarandea porque no tengo control sobre nada, la falta de control me hace sentirme inseguro, vulnerable y pequeño.

Es inevitable, supongo,  adelantarme en el tiempo, fantaseando como será mi hija, qué le gustará hacer, si será guapa, como se moverá, cuando hablará, si me dará mucha guerra en la adolescencia, etc. Imagino que es un proceso natural y me sorprendo con miles de expectativas, proyecciones de mí mismo, lugares a los que no he llegado y que me gustaría hacerla llegar. Pero, más allá del narcisismo que encierran estos deseos de superación o de triunfo vital de mi hija, encuentro el profundo deseo de amar a alguien de una forma distinta a todo lo que conozco ahora. Al dejarme sentir este deseo atávico, el miedo del que antes hablaba me agarra las entrañas. ¿Cómo será un amor así, que antes ya de poderlo tocar me trastoca internamente de tal modo que el suelo tiembla bajo mis pies? .Esta vulnerabilidad me coloca en un lugar nuevo, diferente, soy muy poca cosa comparado esto. Es tan poderoso que me siento un gran afortunado al poder vivir lo que me está tocando y  a la vez  este amor  me puede destrozar, partir en dos.

Para terminar mi reflexión, aparece una  gran paradoja; un/a hijo/a  tendrá una mirada admirativa hacia su padre, más allá de los conflictos vitales que aparezcan, un padre es una referencia, un ejemplo, un protector, encargado acercar el mundo, enseñar su visión sobre la vida, sobre el amor, la sociedad… Junto con su madre seré la persona más importante de su existencia, de la que dependa, en la que confíe, en la que se dejé caer, la que le ponga límites, etc. Seré una especie de superhéroe, y todo ello de la mano del miedo y del amor o mejor dicho del miedo a este amor paternal, eterno y desinteresado, sin control ni razón  que me hará sentir la persona más grande y afortunada del universo y la más pequeña e insegura que ha pisado la tierra.

 

Raúl Monzón Gómez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto: María Manso

Próximo taller de Musicoterapia en el Embarazo para Parejas