Tres estrategias que ayudan para la resolución de conflictos entre niños

Tres estrategias que ayudan para la resolución de conflictos entre niños

crianzaMay 19 20190 Comment

Intentamos potenciar la autonomía de los más pequeños para que aprendan a resolver los conflictos por sí mismos pero… ¿Cuándo están preparados para hacerlo? ¿Cómo saber cuándo intervenir y cuándo mantenernos al margen?

Hay logros como sentarse, caminar o dejar el pañal que son fruto de la madurez propia de la edad. Se dan en los cinco continentes porque son inherentes a la especie humana, porque está en nuestro código genético y vivimos rodeados de adultos que se sientan, caminan y van al baño de forma autónoma. En estos casos no es necesaria nuestra intervención, los niños conquistarán su independencia inevitablemente si una patología no lo impide.

También en las interacciones sociales es importante la madurez biológica, porque hasta los tres años aproximadamente no están preparados para relacionarse con sus iguales de forma autónoma. Pero la resolución de conflictos pertenece a la esfera sociocultural, por lo que cada civilización tiene unos usos y costumbres adecuados a las normas básicas de convivencia en ese lugar. Es decir, es algo que se aprende.

En la medida en que podamos acompañar a los más pequeños en sus relaciones y conflictos con otros, irán adquiriendo herramientas que utilizarán cuando no estemos presentes. Si tenemos en cuenta que aprenden por imitación, cuanto más respetuosos y empáticos seamos en nuestra mediación de sus conflictos, más lo serán ellos con sus iguales cuando no nos tengan para arbitrar esas situaciones difíciles.

 

Tres estrategias que ayudan

1. Preguntar antes de regañar.

No siempre “el malo” es el que no llora. Cada uno de los participantes en el conflicto tiene una visión diferente de lo que ha ocurrido, y todas son válidas. No vamos a buscar víctimas ni culpables. Lo más importante es que todos escuchemos cómo se ha sentido cada uno y que estén encima de la mesa las distintas necesidades individuales.

2. Separar lo que sienten de lo que hacen.

Los sentimientos siempre son legítimos. Las emociones brotan espontáneamente y es sano que así sea. El problema llega con las acciones a través de las cuales canalizamos nuestro sentir. Es muy importante que dejemos claro a los niños que tienen derecho a estar enfadados con su amigo, pero no a pegarle. Pueden expresarle su envidia o su rabia, pero no hacerle daño.

3. “Lo siento” mejor que “perdón”.

Nuestra frase automática cuando presenciamos un conflicto entre niños es “pídele perdón”, aún antes de que sepamos qué ha ocurrido. Pero es necesario dar tiempo para que las emociones se asienten y las disculpas puedan ser verdaderamente sinceras. Después de escucharse entre ellos y darse cuenta de cómo se ha sentido el otro, es habitual que surja de forma espontánea la intención de pedir perdón. Si la fórmula es “¿me perdonas?” es fácil que el conflicto continúe. Quizá el otro no esté preparado aún para entender y disculpar, puede seguir enfadado y necesitar más tiempo para digerir lo que ha pasado. Un “lo siento” canaliza mejor el sentimiento propio independientemente de si puede ser recibido y aceptado por el otro.

Desmontando mitos para mejorar las estrategias

Además de las estrategias con las que los afrontemos, en cualquier conflicto suelen interferir creencias culturales que a veces hacen más difícil comprender lo que ha pasado o ayudar a resolverlo. Mencionaremos algunas a continuación.

¿Las niñas son más manipuladoras?

Las niñas crecen con el condicionante cultural de lo que aquí se considera “ser femeninas”. Los valores asociados son la delicadeza, la fragilidad, la debilidad y la sensibilidad, entre otros. La expresión de la rabia y la fuerza suelen estar penalizadas por ser propias de “chicazos y marimachos”, así que las niñas han de canalizar lo que no puede ser expresado abiertamente a través de subterfugios. Considerar la manipulación como algo femenino me parece erróneo y discriminatorio, pero estos condicionantes culturales nos pueden hacer poner la atención en estos puntos cuando acompañemos a niñas en la resolución de conflictos:

  1. A .- Es posible que ellas necesiten mucho apoyo para legitimar su rabia. Lo más habitual es que la transformen en tristeza y llanto. Invitarlas a expresar su enfado, a gritar o golpear el suelo con los pies puede ayudarlas a conectar con su fuerza y a defender mejor sus intereses.
  2. B .- La manipulación se aprende porque los adultos del entorno la practican. Si un niño o una niña manipulan habitualmente yo me preguntaría cuánto se les permite expresarse claramente y cuánto manipulamos los adultos de su entorno.

¿Los niños son más brutos?

Los niños crecen con el condicionante cultural de lo que aquí se considera “ser masculinos”. Los valores asociados son ser fuertes, no tener miedo y no llorar, entre otros. La expresión de la tristeza o el miedo suele estar penalizada por considerarse de “nenazas”, así que los niños canalizan lo que no puede ser manifestado abiertamente transformándolo en rabia y brutalidad. Pero considerar la fuerza bruta como algo masculino me parece erróneo y discriminatorio, así que con ellos podríamos estar atentos en:

  1. A .- Invitarles especialmente a manifestar su tristeza o miedo, que puedan llorar y expresar su sensación de vulnerabilidad o pena. Abrazarles con ternura y mostrar nuestra comprensión ante lo que sienten puede resultarles de gran ayuda.
  2. B .- Aprenden por imitación, así que una vez más el foco está en los adultos del entorno y en cómo gestionamos nuestro miedo y tristeza.

 

¿Hay que compartir?

Es otra de estas frases automáticas que inundan parques y espacios comunes. Pero en realidad hay mucho desconocimiento de la psicología evolutiva detrás de ese imperativo tan extendido. El bebé recién nacido se fusiona con su entorno, lo vive como una parte de sí mismo. En torno a los dos años empieza a mostrar una necesidad de diferenciarse, de perfilar su individualidad, y lo hace a través del “no” y del “mío”. Entender esto quizá nos pueda ayudar a reformular estas situaciones: no son egoístas sino que están construyendo su identidad. Es importante que permitamos que no compartan y que experimentan su propia fuerza a la hora de defender con energía aquello que verdaderamente les interesa. Si a esto le sumamos el sentido común, ¿nosotros prestaríamos nuestro nuevo móvil a un desconocido?

Conclusiones

Los conflictos entre niños no son tan diferentes de los que ocurren entre adultos. Necesitamos conocer todas las versiones, casi siempre ambas partes tienen algo de razón y algún motivo para disculparse. Cuando el “perdón” no es sincero, no nos sirve. Y las etiquetas con las que nos encasillan y encorsetan, tampoco ayudan. Hablando se entiende la gente y, sobre todo, escuchando y empatizando. De este modo los conflictos pueden ser un escenario más del aprendizaje, para ser más humanos y seguir creciendo.

Berta Pérez Gutiérrez

http://musicoterapiaymaternidad.es/