Un bebé en el Parlamento

Un bebé en el Parlamento

 

 

Antes de oír la noticia, y por el revuelo que se ha armado, pensé que el 13 de enero se nos había colado un tigre en el hemiciclo. Al ver la reacción de los medios de comunicación, al escuchar la amenaza que supone para el sistema la irrupción en los entornos laborales de este tipo de intrusos, me di cuenta de mi  error: un terrorista de fama internacional apuntó con sus sanguinarias armas a nuestros diputados, imaginé. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que se trataba, nada más y nada menos, de un bebé.

 

Entonces me pregunté, ¿cuál es la amenaza? El efecto más inmediato que se me ocurrió  fue que los parlamentarios incrementarían su producción de oxitocina, la hormona de la ternura. Esto provocaría que disminuyera en sangre la presencia de hormonas del estrés, así que tendríamos a diputados relajados y amorosos. Claro, esto no es serio. Hay que gobernar con la cabeza fría para poder aumentar las medidas punitivas y restrictivas de los derechos civiles, para intervenir en conflictos armados, para permitir un sistema económico que alberga desigualdades inhumanas.

 

Otro problema parece ser que, si empezamos así, todas las madres querrían llevar a sus bebés al trabajo, y esto sería la hecatombe. Las mujeres pueden levantarse a las 6.30 de la mañana, preparar la mochilita con los pañales y la ropa de repuesto, cruzar la ciudad para llevar a su bebé a la guardería, volver a cruzarla para ir al trabajo, desarrollar su actividad profesional de forma eficaz, arreglar la cita con la pediatra, hacer la compra por internet, conseguir el regalo de cumpleaños para su suegra, volver a cruzar la ciudad para ir de nuevo a la guardería, regresar a casa, preparar baños y cenas, recoger la lavadora, contar el cuento y estar disponibles toda la noche por si el bebé se despierta. ¿Cómo podemos pensar que serían capaces de trabajar y tener a su retoño en el regazo a la vez? No mantendrían la cabeza fría para ejecutar la orden de despedir a empleados de su empresa, no comprarían a los proveedores a precios por debajo de su valor, no desahuciarían a familias por falta de pago… En fin, un desastre. Lo que sí es curioso… ¿cómo conseguirán cocinar, hacer la colada, limpiar la casa y  abastecer la despensa estando con un bebé? Ah, claro, eso no es trabajar. Ya me quedo más tranquila.

 

Volviendo al tema del desastre: para evitarlo, es mejor que sigamos como estamos, con las ministras que no agotan su baja por maternidad, con los bebés a raya en los lugares que les corresponden, con la cabeza fría y el corazón helado. Así todo seguirá como siempre ha sido, como debe ser. Los pequeños aprenderán a curtirse, la vida es dura, esto es una jungla y sólo sobreviven los fuertes.

 

Sin embargo, algo no encaja. Tres cuartas partes de la población mundial pasan hambre, las guerras proliferan, la violencia crece, provocamos un cambio climático que pone en peligro al planeta en su conjunto… Dice Casilda Rodrigáñez que la verdadera fraternidad nace de compartir el cálido regazo materno. Pero éste brilla por su ausencia en los tiempos que corren. Las madres tienen que elegir entre el trabajo o los hijos y, mientras esto ocurre, la competitividad remplaza a la fraternidad; nuestra capacidad para cuidarnos y cuidar nuestro entorno, disminuye de forma alarmante.

 

Es necesario un cambio de paradigma. Es apremiante revisar unos esquemas sociales que no favorecen ni el amor ni la ternura – supuestamente lo más importante para cualquiera de nosotros -, que están basados en pisar al de abajo, y que insisten en separar a los bebés de sus madres. Hay numerosas evidencias científicas que demuestran los efectos nocivos de la separación precoz. Continuamos con falsas creencias como que los pequeños necesitan las guarderías para socializarse. Olvidamos que en la primera etapa de la vida se construyen nuestra confianza básica y nuestra capacidad de amar, y que esto se hace a través del estrecho vínculo con la progenitora.

 

Es cierto que esto no favorecería a la economía neoliberal sino a las personas. Pero si no desarrollamos una cultura que se base en los cuidados más que en el crecimiento constante, pronto no habrá un planeta en el que vivir con riqueza o pobreza, ni una humanidad para disfrutarlo o sufrirlo. Afortunadamente, existen mujeres como Carolina Bescansa – y como tantas otras -, que apuestan por construir desde el calor de un regazo materno. A todas ellas: gracias.

 

Berta Pérez Gutiérrez.

 

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